Miraría primero no el precio de la vivienda, sino en qué se ha convertido la vivienda bajo estas condiciones: una mercancía cuya producción y venta están separadas en el tiempo de la realización de su precio, y un campo en el que el beneficio del constructor se obtiene menos del edificio que del suelo que hay debajo. El artículo nos dice que España fue uno de los países que más construyó durante el auge y que ahora enfrenta un déficit de vivienda accesible, que los alquileres y los precios de compra han subido, y que la presión recae sobre los jóvenes y las familias. La cuestión no es solamente por qué los precios son altos, sino quién controla las condiciones bajo las cuales se producen y se alquilan las viviendas.
En la construcción especulativa, el beneficio principal proviene de elevar la renta del suelo, no de las casas mismas. El constructor toma un terreno, lo urbaniza, y su ganancia es la renta incrementada más que el beneficio de los edificios, que apenas mira. Cuando los fondos se obtienen hipotecando y el dinero se pone a disposición del contratista a medida que avanzan las obras, una crisis que interrumpe el pago de los plazos anticipados hace que la empresa se derrumbe; las casas quedan sin terminar hasta que lleguen mejores tiempos, o se venden en subasta por la mitad de su costo. El crash de 2008, identificado en el artículo como un factor clave en la reversión, es exactamente esa interrupción. La consecuencia no es una escasez natural, sino una escasez producida por la forma misma de la empresa.
Veo en esto el movimiento ordinario del capital: un auge de la construcción, una crisis, y luego una escasez que eleva las rentas para quienes poseen el suelo. Las protestas en las calles expresan la presión sobre quienes deben pagar, pero el mecanismo reside en la relación entre la propiedad del suelo, el crédito que financia la construcción y la demanda de quienes necesitan un lugar donde vivir.