Miraría primero qué se anuncia y quién lo anuncia. Se declara una paz, pero aquel cuyo consentimiento es necesario dice que no ha oído nada de ella, y el otro no ha dicho nada en absoluto. He escrito de las repúblicas débiles que son irresolutas e indecisas, y que el rumbo que pueden tomar depende más de la necesidad que de la elección. Cuando se desconfía de la buena fe de aquel en cuyas manos la propia debilidad obliga a ponerse, y se rechazan los términos que se tienen delante esperando otros mejores, a menudo se descubre que el acuerdo ha sido arrebatado de las propias manos y concluido por otro a su entera satisfacción. Así ocurre aquí: los términos de esta paz los fija la parte que tiene las tropas, mientras la parte que las necesita se entera por los periodistas.
En cuanto al diésel, observaría que cuando la cantidad de una mercancía llevada al mercado queda por debajo de la demanda efectiva, se inicia una competencia entre los compradores y el precio sube por encima del precio natural. Por eso el precio de los artículos de primera necesidad es exorbitante durante el bloqueo de una ciudad. Sus precios se han mantenido altos desde que se bloqueó el paso marítimo por el estrecho. Pero el remedio de importar del adversario no es un remedio de abastecimiento; es un remedio de precio, y hace que su mercado dependa de la buena voluntad de aquel contra quien luchan. He visto una liga de muchas potencias fuertes quebrarse porque un solo miembro firmó un tratado por separado. Los muchos que están unidos son fuertes solo mientras están unidos; el que puede dividirlos gana por la paz lo que perdió por la guerra.
Les advertiría, por último, que los príncipes prudentes se contentan con haber obtenido una victoria, pues cuando no lo hacen, su victoria se convierte en derrota. Las falsas esperanzas, una vez que se abren paso en la mente de los hombres, les hacen sobrepasar su meta y perder el bien cierto a cambio de algo mejor e incierto. Si anuncian una paz que no controlan, y compran su combustible al enemigo al que están armando, no están asegurando un bien; están apostando lo que tienen a una esperanza. Y la esperanza no está en sus manos para conservarla.