El resultado de la carrera me hizo pensar en la caída. Un cuerpo en movimiento rápido arroja menos peso perpendicular hacia el centro, como he observado en hombres y caballos corriendo; cuanto más rápida es la velocidad, menos peso presiona hacia abajo. Sin embargo, aquí vimos robots que no podían mantener el equilibrio bajo la fuerza del impacto a gran velocidad. Primero observaría cómo está construida la máquina, pues la destrucción puede ocurrir por rotura o por volcarse sobre su borde; y siempre debe descender en una dirección muy oblicua, casi exactamente equilibrada sobre su centro. El que se dobló a mitad de zancada y quedó en el suelo—preguntaría si sus centros estaban demasiado juntos, pues en una máquina de treinta brazas de largo los centros deben estar a cuatro brazas de distancia.
El equilibrio bajo un salto estático es un problema resuelto, como mostró el salto de altura de 2,88 metros. Pero eso es distinto de las fuerzas repentinas de una carrera. Cuando un hombre corre cuesta abajo lanza el eje sobre sus talones, y cuando corre cuesta arriba sobre las puntas de sus pies; en terreno llano lo lanza primero sobre sus talones y luego sobre las puntas. El pie que se apoya es el centro de gravedad, y el cuerpo debe retirarse para equilibrar el peso delante. Un robot que no ajuste su eje con rapidez caerá, igual que un hombre que salta desde suelo firme pierde distancia si el suelo retrocede bajo él. El tiempo ganador y el marco del desplome ocurrieron en los mismos quince segundos—la diferencia está en cómo cada máquina gestiona su propio centro.
No llamaría a esto un arte acabado. Los juegos mostraron la brecha entre el mejor y el promedio, y ahí es donde la experiencia debe decidir. Antes de aceptar cualquier afirmación de maestría, examinaría la causa de la caída: si la rotura de la máquina, o el volcarse sobre su borde, o el fracaso en equilibrar el peso alrededor del centro de apoyo. Pues un objeto ofrece tanta resistencia al aire como el aire al objeto, y un hombre con alas suficientemente grandes podría aprender a superarla; pero aquí el aire no es el enemigo—el enemigo es el cambio repentino de peso que la máquina no puede contrarrestar. Que los ingenieros midan la distancia de cada rebote, y vean si la fuerza del choque recupera toda la suma de la distancia que debería haber recorrido, como he observado en los cuerpos que caen. Solo entonces sabrán si la caída fue un fallo de fuerza o de equilibrio.