Miraría primero el modo en que se otorga la autoridad y el plazo por el que se otorga. Cuando la autoridad es ilimitada y se confiere por un largo plazo, sus resultados serán buenos o malos según sean buenos o malos los hombres a quienes se confía; y cuando se eliminan los cónsules y los tribunos, se otorgan poderes expresos a los nuevos magistrados para hacer leyes y cuanto les parezca conveniente, con toda la autoridad del pueblo entero. Vuestro techo de deuda es una autoridad semejante: un solo voto, tomado en las últimas semanas de un Congreso en funciones, antes de que se instale el nuevo. No preguntaría si los hombres son buenos. Preguntaría qué contrapeso queda.
He observado que cuando un poder crece, otro debe disminuir; cuando el ejecutivo y el legislativo se unen, o cuando un cuerpo puede arrogarse la autoridad que le plazca, pronto destruye todos los demás poderes. Elevar el límite de endeudamiento antes de que la mayoría entrante pueda sentarse es quitarle de antemano el momento en que habría podido contener las usurpaciones del ejecutivo. El artículo dice que el objetivo es despojar a la mayoría entrante de un poder de negociación significativo. Ese es el mecanismo, y es el más antiguo: quien se mueve primero, mientras el otro aún no se ha reunido, decide las condiciones.
Sin embargo, también advertiría a la otra parte. Un poder que no está limitado por ningún tribunal es peligroso en manos de quien lo tenga, y la tentación de usarlo no desaparece cuando cambian los hombres. Si negáis a vuestros rivales la ocasión de conteneros, les enseñáis que el único remedio es hacer lo mismo cuando llegue su turno. La amenaza para los mercados es lejana, decís; la amenaza para la institución está más cerca.