Me decís que vuestra alianza ahora amplía su instrucción porque una nueva clase de amenaza ha inquietado a vuestras capitales. Yo miraría primero no la amenaza, sino la preparación. Los hombres que quieren hacer algo deben primero prepararse con toda diligencia, para que, cuando aparezca la ocasión, estén listos para lograr lo que se propusieron; y si las preparaciones se emprenden con cautela y sin que nadie lo sepa, nadie puede ser acusado de negligencia a menos que la ocasión lo descubra primero. Una preparación que solo se proclama cuando el peligro ya está en la frontera no es preparación alguna.
También os haría preguntar qué clase de fuerza estáis adiestrando. Un ejército dispuesto en un solo método, cuyo único chance de éxito consiste en sobrevivir al primer choque, puede ser vencido fácilmente, ya que cualquier pequeño contratiempo, y la menor falla en la firmeza de sus hombres, puede privarlo de la victoria. Pero una fuerza que puede ser recibida en sus propias filas, renovada y reunida de nuevo, y que ha sido ejercitada en ataques simulados hasta desear la batalla real, no queda deshecha por una sola sorpresa. Si vuestro enemigo cambia la forma de su ataque, vuestra respuesta no puede ser una sola formación y un solo plan; debéis haberos adiestrado para el enemigo que veis y para el que no veis pero teméis.
Y no confundáis el instrumento con la intención. Lo que describís es una ampliación del adiestramiento y de la preparación; si llega a ser más que eso depende de lo que hagáis cuando llegue la ocasión. He escrito que un reino puede ganarse en un solo día con la derrota de un ejército hostil en campo abierto, mientras que un solo lugar obstinado puede desperdiciar años. Así que no mediría vuestra seguridad por el número de ejercicios que anunciáis, sino por si vuestras fuerzas pueden reunirse, ordenarse y hacerse actuar como un solo cuerpo cuando llegue el momento.