Miraría primero quién carga con el peso y quién queda exento. Vuestros nuevos gravámenes recaen sobre los fabricantes menores, mientras las grandes casas, mediante arreglos privados, permanecen intactas. Esto no es un accidente de la política; es el curso ordinario de los asuntos. Cuando debilitáis a los poderes menores y dejáis tranquilos a los mayores, no fortalecéis el conjunto: entregáis el campo a quienes ya son más fuertes.
He escrito que un príncipe que posee un país debe erigirse en cabeza y defensor de sus vecinos menos poderosos, y debilitar a los más poderosos entre ellos, cuidando que ningún extranjero tan poderoso como él gane un punto de apoyo. Los romanos observaron esto: mantuvieron relaciones amistosas con los poderes menores sin aumentar su fuerza, y contuvieron a los mayores. Vuestros aranceles hacen lo contrario. Los pequeños fabricantes, presionados por el gravamen, son advertidos por los analistas de que podrían verse obligados a cerrar o a fusionarse con actores más grandes, y los actores más grandes son precisamente los que ya están protegidos. El resultado no es la defensa de la industria nacional, sino su concentración en menos manos.
Os advertiría además: las adquisiciones hechas por tales métodos tienden más bien a la ruina que al engrandecimiento. Un Estado que compra su seguridad con oro, o que apuntala al fuerte mientras aplasta al débil, descubrirá que cuando el enemigo apriete no tiene verdadera fuerza propia. Si el propósito es hacer fuerte a la nación en medicina, entonces la fuerza debe estar en las partes vitales, no solo en las extremidades. Guardad el corazón, no las afueras.